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Sobre el discurso científico y las relaciones de género:
una revisión histórica

Por: Ana Gamba y Mayeli Gómez.

Uno de los hechos mas destacados en la historia de la humanidad es sin duda alguna el nacimiento de la ciencia y su subsiguiente crecimiento exponencial. Es evidente que la ciencia ha formado parte intrínseca de la actividad humana y de las sociedades desde las épocas más remotas, el conocimiento se plantea como un instrumento de poder que genera gran ventaja con respecto a quien no lo posee.

En esta dinámica es importante conocer que papel ha jugado la mujer en la ciencia y de qué manera se ha pronunciado frente a ella. Al respecto se encuentran determinados trabajos que describen ciertos aspectos de la situación de la mujer en estas actividades; en algunos mencionan a investigadoras famosas como evidencia de compatibilidad entre el éxito científico y familiar; en otros, en cambio, se muestra la discriminación en el empleo y la promoción, así como la dificultad de reconciliar la actividad científica con las responsabilidades familiares.

Desde este escrito planteamos el poder del discurso científico como legitimación de un modelo patriarcal, en donde la voz femenina queda amortiguada ante las estructuras de dominio y para expresarse se ve obligada a recurrir a los modos de expresión y a las ideologías dominantes. Desde los primeros tiempos las mujeres contribuyeron al desarrollo del conocimiento científico, sin embargo, la mayoría continúan siendo desconocidas –más aún por los historiadores de las ciencias- y las pocas mencionadas fueron mujeres privilegiadas; como tales, solamente representan la superficie de la historia de las mujeres en la ciencia. No hay duda de que miles de otras científicas han quedado olvidadas para siempre. Así es, desde su inicio el manejo del discurso científico fortaleció espacios y dinámicas en donde la razón superó lo subjetivo, el científico la naturaleza, lo masculino lo femenino...

Las metáforas de género jugaron un papel importante en la formación del conjunto particular de valores, propósitos y metas que la empresa científica representaba. En el siglo XVII Bacon, por ejemplo, escribía las bases para el surgimiento de la nueva ciencia haciendo uso de la imaginería sexual y patriarcal: "Establezcamos un maridaje casto y legal entre mente y naturaleza. La naturaleza va a ser la novia que requiere ser dominada, conformada y sometida por la mente del científico. Como producto de esta relación surge entonces el nacimiento masculino de una ciencia viril identificada con la omnipotencia del padre científico". Aquí como en otros escritos, Bacon pone de manifiesto la negación de lo femenino como sujeto y su incapacidad para dar una explicación del mundo desde el conocimiento.

Al interior de las academias y sociedades cultas se mantenía el discurso del imperio del hombre sobre la naturaleza, las discusiones variaban de acuerdo a los intereses y creencias de la época: Los herméticos hablaban de una naturaleza entendida desde la unión, el esfuerzo y la integración con el corazón la mano y la mente del científico; los filósofos mecánicos intentaban divorciar la materia del espíritu, la mano y la mente del corazón; por su lado, los alquimistas aunque compartían el menosprecio que sentía Bacon por la mujer, sustituían su ideal metafórico por una concepción hermafrodita que expresaba la fusión entre lo femenino y lo masculino.

Para esta época los Alquimistas representaban la oscuridad y lo demoníaco, mientras ellos hablaban de un Dios inmanente al mundo material, a la mujer y la sexualidad, otros condicionaban la castidad a la piedad. De hecho la relación que los Alquimistas hacían entre el conocimiento y lo sexual ponía en peligro la intención loable de la ciencia, sin embargo, lo que en ellos tenía mala fama en la bruja tenía una culpabilidad directa.

Con la aparición de las brujas, inicialmente en Inglaterra, se acentúa una preocupación latente por el género y la sexualidad. Los mecanicistas sentían el temor de perder el control sobre la ciencia, por lo que asociaban las brujas con desorden y desintegración social buscando separar la relación mujer y sexualidad. "Sois la verdadera hiena –escribía Walter Charleton- que nos fascináis con la belleza de vuestra piel; y cuando el destino nos ha puesto ha vuestro alcance, saltáis sobre nosotros y nos devoráis. Sois las traidoras de la sabiduría. El impedimento para la industria... la traba para la virtud y aguijones que nos conducen a todos lo vicios, impiedades y ruinas. Sois el paraíso de los necios y la playa de los sabios y el gran error de la naturaleza"1.

A principios del siglo XVIII la revisión de la ideología sexual privó de la pasión y el deseo a las mujeres, además se legitimo la ciencia en oposición a todo lo femenino. Con lo anterior hombres y mujeres definían un supuesto rol: Frente a una mujer dependiente, casta y desexualizada cuya única función consistía en mantener los valores de la sociedad se imponía un hombre autónomo, intelectual, libre y viril con diferentes posibilidades de acción y transformación. A pesar de esta visión unilateral y limitada, algunas mujeres adelantaban paralelamente sus propios descubrimientos y formulaban teorías frente a la realidad que las circundaba, ya a finales del siglo XIX por vez primera en la historia, fue posible que una mujer ingresara a los grupos científicos establecidos y sin embargo, las palabras de Henrietta Bolton escritas en Popular Sciecie Monthy en 1898 no sólo son pertinentes para miles de años de historia sino que siguen siendo ciertas hoy en día: "Como regla general la mujer de ciencia debe ser lo bastante fuerte para valorarse por si misma, capaz de soportar el sarcasmo y la antipatía a menudo injustas de hombres que sienten celos al ver invadido lo que consideran ser su campo de actividad".2

El trabajo de muchas mujeres reconocido o no abrió paso a las nuevas generaciones, ya en el siglo XX la institucionalización de la nueva ciencia moderna tuvo lugar en el marco de muchas transformaciones que se estaban produciendo en la cultura en general y en especial en la ideología de género. El rasgo característico de este último siglo del milenio es la explosión de la información, el conocimiento y la comprensión derivados de la investigación científica. Como resultado de la aplicación tecnológica de estos conocimientos hemos asistido a una evolución paralela de diversas eras: La era atómica, la era espacial, la era de la electrónica y la informática, la era de la nueva biología y la era de la comprensión de la organización del universo en donde la participación de la mujer es considerable teniendo en cuenta su legado histórico, sin embargo, no podemos dejar de cuestionar aspectos de tipo económicos, sociales y políticos que dificultan su acción y desenvolvimiento al interior de los círculos académicos.

El problema ya no es tan sólo el discurso científico como poder de género, replantearlo significa pensar y redimensionar el quehacer científico desde su función social. Si bien la ciencia debe seguir siendo una actividad creadora es necesario que mujeres y hombres encuentren nuevos caminos para la ciencia, que puedan mejorar la calidad de vida de todos. Como empresa cultural la ciencia debe enriquecer la vida humana, no degradarla.

Es importante escudriñar en el pasado, encontrarse en el camino de la amnesia con mujeres que pese a la adversidad optaron por su propio proyecto de vida, que para unos representaba la desestabilización del sistema y quizá para otros la opción para el libre pensamiento y la posibilidad de ser consecuentes frente a él. Recuperar la historia y con ella la memoria nos llena de contenido y argumentos para asumirnos critica y autónomamente dentro del contexto actual. Pensarnos desconociendo al otro, a la sociedad y su desarrollo en general implica tener una visión sesgada y poco propositiva frente a la realidad. Así la participación de la mujer en diferentes ámbitos y para este caso en la ciencia en particular, debe contribuir al avance del conocimiento y su incidencia en la humanidad. Es pues necesario continuar con esta reflexión para lograr una transformación de la ciencia y su discurso frente al género.

Es hora de dejar de ser solamente l@s acompañantes de los proyectos de otr@s, porque aunque nos enriquecen es necesario plantear y asumir los propios.


NOTAS:

1 Walter Charleton es citado por Evelyn Fox Keller en su libro Reflexiones sobre El género y la ciencia como autor del soldado de Ephesian Natron.

2 Alic Margaret. El Legado de Hipatía



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